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La propiedad intelectual 2.0

Se está hablando mucho últimamente sobre Zalamea de la Serena y Fuenteovejuna, en relación a los derechos de autor por la representación de obras teatrales y verbenas populares. La noticia ha tenido un impacto bastante grande, supongo que porque estamos en verano y los medios de comunicación tienen poco material relevante; aún así, incluyo un enlace por si alguien no sabe de qué va el tema. Sin entrar en valoraciones sobre el papel de la SGAE, cuyos actos a veces son tan rocambolescos que más bien pareciera que estuviera interpretando el papel del malvado recaudador de la obra de Robin Hood (para muestra, un botón), cabe destacar lo complejo del tema de la defensa de la propiedad intelectual en todos los ámbitos. Aunque ciertamente los casos de estos últimos días poco tienen que ver con el desarrollo de la Sociedad de la Información, es cierto que quizá el desarrollo de la SI es lo que ha provocado una reacción tan dura de ciertos sectores enrocados en su defensa obsoleta de un paradigma que ha cambiado aunque algunos no se hayan dado cuenta. Si bien este es un tema muy popular en Internet tenía ganas de publicar una entrada analizando este hecho.

Si tuviera que citar dos factores que han permitido la difusión de copias masivas de producción intelectual (texto, imágenes y sonido), sin duda serían la aparición de técnicas y tecnologías que permiten la digitalización, el almacenamiento de esa información digitalizada y su transmisión, así como la Ley de Moore. Es decir, no sólo han aparecido una serie de avances en el campo científico que han permitido un medio de almacenamiento muy potente, sino que es un medio con un coste decreciente (o una capacidad de almacenamiento creciente en relación al coste, para ser más exactos). Esto ha permitido una vuelta a la democratización de la cultura, un regreso a la cultura popular frente a la cultura de masas, como describiré más adelante.

Tanto la digitalización como la Ley de Moore han propiciado la aparición de un cambio en nuestros hábitos de consumo de productos intelectuales: ha facilitado la difusión de copias de las obras intelectuales (aunque ciertamente la copia ha existido siempre, y las nuevas tecnologías no han inventado nada en este sentido) y ha traido aparejada una miniaturización de los dispositivos que permiten la reproducción de estos contenidos.

La existencia de una red que permite almacenar y distribuir estos contenidos ha acelerado el proceso de copia, si bien es importante reseñar que Internet no es más que un medio para poder compartir estos contenidos, el proceso de digitalización es ajeno a Internet y la copia seguiría siendo posible aunque se establezcan políticas encaminadas a dificultar la difusión de las copias en la red. Quizá de lo que no se habla tanto en los medios es que este fenómeno no trae aparejada solo la aparición de la copia y de la vulneración de los derechos de propiedad intelectual, sino que permiten a cualquier ciudadano ser productor y difusor de cultura, permitiendo democratizar la cultura y creando pequeños focos de difusión intelectual: es la aparición de una cultura popular digital. En este contexto la propiedad intelectual tal y como la define la industria de la cultura de masas carece de sentido, ya que no es posible controlar la propiedad y la difusión de las ideas y las implicaciones a largo plazo para la sociedad serán mucho mayores que el manido debate sobre la legalidad de la copia privada.

En este contexto ciertos sectores (la industria musical y, en menor medida, la audiovisual, el Gobierno y algunos grupos de presión) se han alzado contra el medio, es decir, contra Intenet, exigiendo medidas como el control de las descargas por parte de los operadores o pidiendo que se restrinja este uso, atacando la neutralidad de la red.

De lo que no se dan cuenta es del cambio de paradigma que se ha producido. La aparición de las industrias culturales es un fenómeno relativamente reciente (salvo en el caso de reproducción de libros) y se asocia a la cultura de masas que surge en el Siglo XIX, asociada a la industrialización y al crecimiento de las ciudades. En la cultura popular los individuos son productores y consumidores de cultura, pero en la cultura de masas la difusión cultural está en manos de unas élites que controlan los medios de difusión cultural; en este contexto aparece la industria de producción y difusión de contenidos. Como decía antes, la copia siempre ha existido, aunque en ocasiones el coste de la misma era superior al del producto original, o su calidad inferior, por eso hablamos de que una élite controla el producto, en el sentido de que la calidad del original es superior a la de la copia. En el caso del texto, desde la aparición de la imprenta era posible realizar copias de forma ilimitada de un texto, aunque la aparición de la xerografía a principios del siglo XX facilitó la tarea; en el caso de la música, el proceso de grabación del vinilo era difícil de reproducir en el ámbito doméstico, pero la aparición de las cintas magnéticas de cassette facilitó esta tarea, aunque fuera a costa de la calidad; por último, los contenidos audiovisuales fueron de difícil reproducción fuera de las salas de cine o de la televisión hasta la aparición del vídeo doméstico en los 70.

El caso más evidente del cambio de paradigma es el de la música, y quizá el laboratorio en el que se está cocinando todo este cambio que apunto. Si la copia digital ha triunfado sobre el producto original en el caso de los contenidos musicales es porque tiene una calidad similar (hablamos de música popular, no de música culta), en cualquier caso suficiente para satisfacer las necesidades del oyente, pero aporta ventajas respecto al producto original: no necesita de más soporte físico que el del propio reproductor, es altamente portátil y se puede acceder de forma casi instantánea al contenido a través de redes P2P – en cualquier caso de forma más rápida que al original. Como decía, lo más importante de todo esto no es la copia, que es imparable, sino que hay ya un movimiento musical de creadores que autoproducen su obra y la difunden, en muchas ocasiones de forma gratuita, a esto me refiero cuando hablo de regreso a la cultura popular.

La industria audiovisual y la editorial serán seguramente las que deberán ajustar su modelo de negocio en los próximos años, la del arte es quizá la única que podrá abstraerse a este fenómeno, aunque seguramente las formas de adquirir obras de arte también se modificarán. La primera parece haber reaccionado ofreciendo un producto que aún tardará en llegar a los hogares, la experiencia del cine 3D. La segunda la voy a dejar para otra entrada futura.

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